Santiago Kovadloff señala que ningún liderazgo perdura sin consenso social, una lección ignorada por el régimen de Maduro, que reprime tras las elecciones del 28 de julio. Mientras Edmundo González promete regresar el 10 de enero para juramentarse como presidente electo, la oposición organiza protestas masivas. Venezuela enfrenta una tensa pugna entre autoritarismo, voluntad popular y presión internacional.

Santiago Kovadloff, en una interpretación casi contraintuitiva de la clásica obra El Príncipe de Nicolás Maquiavelo, afirmó que "no hay sustento perdurable para el príncipe si se vale únicamente de la fuerza y carece de consenso social". Es una afirmación contundente, respaldada por numerosos ejemplos históricos.

No obstante, existen los obstinados: aquellos que, aunque miran, no ven; aunque oyen, no escuchan ni entienden. Desafían, aún en nuestros tiempos, las fuerzas de una sociedad organizada, pretendiendo gobernar a sangre y fuego. Ignoran, por supuesto, las lecciones que la historia ha dejado sobre las consecuencias de tales actitudes.

Tal parece ser el caso venezolano. Tras las elecciones del pasado 28 de julio, en las que más de 7 millones de venezolanos expresaron su voluntad de cambio en las urnas de forma cívica y organizada, el régimen de Nicolas Maduro decidió desoír este llamado y emprender el camino de la represión desmesurada. Desde entonces  - y desde antes- , se ha valido de la fuerza y la extorsión para gobernar.

Sin consenso social que lo legitime, cual príncipe Maquiavelico, Nicolas Maduro se prepara para asumir la presidencia de Venezuela el próximo 10 de enero para el periodo presidencial 2025-2031. Quien le disputa este periodo presidencial, legítimamente, es el candidato electo, Edmundo González Urrutia, quien, tras recibir amenazas de detención por parte de la  la fiscalía venezolana,  se vio obligado a huir del país hacia España.

La condición primera que dio acuerdo al exilio de Edmundo, fue la de no participar en actividades políticas en el exterior que pudieran incomodar al régimen, a cambio de garantizar su libertad, la de su familia y el respeto a sus bienes personales. Sin embargo, desde su llegada a España, González no ha hecho más que deambular por los polos de poder de Europa y, más recientemente, de América, buscando sumar apoyo internacional a la causa venezolana. 

En estas giras, el mensaje que profesa Edmundo es claro: “Soy el presidente electo de Venezuela y, en consecuencia, debo juramentarme el próximo 10 enero, tal como dicta la constitución venezolana para hacer efectivo el mandato popular”. Pero, la gran pregunta que mantiene en vilo a Venezuela y al mundo es: ¿Cuál es la probabilidad de que esto suceda?. El ¿cómo? ¿cuándo? y el ¿de qué forma? se imponen, así, en un escenario donde la certeza escasea y la incertidumbre abunda. No obstante, González ha prometido ante el mundo que el 10 de enero se hará presente en Caracas.

Con el 10 de enero perfilándose como una fecha clave en el discurso opositor, María Corina Machado, figura central del movimiento político venezolano, ha convocado a los venezolanos a manifestarse masivamente el 9 de enero, tanto en el país como en el extranjero. Mientras tanto, Nicolás Maduro refuerza la seguridad en Caracas, especialmente en Miraflores, como quien se prepara para una batalla inminente. En efecto, el príncipe teme ser derrocado con un “golpe” más que desde afuera, desde adentro. Nacido, quizás, desde las mismas bases populares que un día sostuvieron al chavismo.

El rol de las fuerzas de seguridad, especialmente las Fuerzas Armadas, se presenta como decisivo. En tanto brazo represivo del régimen, se espera que actúen para garantizar la continuidad de Maduro en el poder. Por otro lado, la oposición les llama a reflexionar sobre su deber constitucional y a respaldar la voluntad popular expresada el pasado 28 de julio. Lo que debe traducirse, según se plantea, en la juramentación de Edmundo González. En ambos casos, el rol que puedan jugar las fuerzas de seguridad será, finalmente, determinante

Agotada la vía institucional por el propio régimen, la salida que se ve en el horizonte cercano es, entonces, la de la protesta civil y el eventual levantamiento militar, o incluso una convergencia de ambos. No en pos de instaurar un gobierno presidido por los hombres y mujeres de armas, sino en pos de hacer efectiva la voluntad del pueblo venezolano.

En el ámbito internacional, las expectativas son limitadas. Aunque la presión política de países como Brasil, Argentina, Colombia, México, España y Estados Unidos podría ser - y es- relevante, no se considera determinante. Lo mismo vale para el apoyo internacional que en parte sostiene al príncipe: China, Rusia e Irán, por mencionar los más importantes. Su ayuda, aunque vital, tampoco garantiza la estabilidad de Maduro. La historia reciente de Siria sirve como ejemplo: la influencia externa puede alargar una crisis, pero difícilmente resolverla.

En este contexto, resulta crucial recordar una máxima de las relaciones internacionales: desde el sistema westfaliano, la moral y la religión quedaron subordinadas a la política, y esta última al interés nacional. En otras palabras, en la primera de cambio en que estos países puedan preservar sus intereses, sea Maduro o sea Edmundo quien asuma, obrarán, políticamente, en pos de ello.

Finalmente, tal como sostuvo en su momento Rafael Caldera, controvertido político, jurista y académico venezolano en 1952 al enfrentarse a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez: “Parece estar el gobierno en un dilema para él angustioso, pero que siempre dará de ganar a Venezuela: o le abre cauce de verdad a la expresión de la voluntad popular y rectifica… o nos persigue, nos encarcela, nos atropella y, entonces, la conciencia general se levantará más enérgica, más unánime, para repudiar al Gobierno”. Hoy, la historia parece repetirse, aunque la tragedia asoma más claramente que la comedia.